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Pettinato y las reflexiones del nuevo año

Después de las noticias, los compilados, las tartas, la mejor dieta para las fiestas, los políticos anteriores comiendo chorizo en cana, lo Mejor del año para la bailanta o las frases de Trump -todo tamizado por las grandes capitales blindadas y seguido de la pirotecnia que, semi prohibida por el daño al perro familiar, aún así se lleva varios ojos dañados y explosiones inesperadas-… ¡Después de todo eso, estamos acá: todavía viendo las “profesiones mas calurosas del año”!

Ahí nos damos cuenta de algo: todo lo que olvidamos y nos hace preguntarnos: “¿esto pasó en 2017?”. Se suceden desde muertos famosos hasta profecías para los siguientes 12 meses, que quién sabe si se cumplirán. Todo parece ser un intento de unificar un pensamiento y un futuro que, en nuestro caso, es absurdo, porque apenas podemos luchar contra el dólar y los alquileres en la Feliz.

Hablo de la necesidad desesperada de los medios de crear una esperanza segura aunque por siempre: incierta.

Salimos de un local y nos deseamos feliz año y entramos a otro y disfrutamos del aire acondicionado ajeno como si fuera propio.

Los gobiernos pasan, pero la falta de luz queda y las rutas se atestan matando nuestros planes de “pasar” a los demás, llegando rápido, a través de un plan que creemos que ninguna otra familia eligió: salir a las cinco de la mañana de Capital y llegar, con o sin VTV, a las ocho a Villa Gesell.

Escribir sobre las fiestas es sencillo. Hacerlo sobre lo que sobreviene es imposible.

A los tres días de pasado el 31, comienza el descontrol y el horizonte sin destino ni planificación posible.

Hace unos días pensábamos: “qué pasa que el fin de año no llega más?”. Y de pronto, apenas en segundos, alguien está levantando la mesa y saliendo al patio a escuchar los cohetes del cielo de los ricos. Jajaja. Siempre les dije a mis hijos: “Vamos a ver los cohetes”, y por años creyeron que los tiraba yo mismo, sin sospechar que había elegido una casa de al lado, de la que sabia con certeza que lo tenían todo.

“¿Por qué no los tiramos acá, papá?”, me preguntaban. “Para evitar accidentes, Los van a ver mejor desde acá”.

Nos enfrentamos al comienzo de 2018. De economía no entendemos y de volver por una colectora aún menos. Nos quedamos a dormir en casas ajenas y por la mañana dormimos hasta tarde… ¿Para qué? Para que sean otros los que levanten la mesa y dejen todo como si nada hubiese sucedido.

Creemos haber engordado; dejamos un mes antes las dietas porque se viene el vitel toné y el pan dulce y ahora estamos inflando una pelota que se la llevará el viento hasta el fondo del mar. Sin contar con pasar un mes barriendo un departamento ajeno para entregarlo sin arena y suciedad. Jaja.

De pronto, nos damos cuenta que la ciudad elegida apenas tiene vida nocturna, pero sí una plaga de juegos “a la ficha” que, a la segunda visita, nos impide soportar el ruido de autos chocadores del ’85 y juegos tan pero tan viejos que no podemos creer su involución.

Es como si el tejo de nuestra vida nos dijera: el mundo es el mismo y así seguirá hasta su fin.

Por un momento, deseamos hasta un atentado fuera de nuestro continente que nos dé charla entre mate y mate; y una vez más no supimos elegir un protector solar que ampare a nuestros hijos de freírse en una sola tarde.

Pero algo bueno sucede de pronto: la gente en la playa es fea. ¡Es como nosotros! Nadie tiene un cuerpo de revista y la panza de varón nos une a todos y los pareos las atan a ellas en una sola entidad.

Al final, sufrimos al dope pensando que no llegábamos al cuerpo ideal… Como creyendo que un jurado lo iba a escrutar y hacernos llegar a una final.

Ahora llegó la noche, la del calor que siempre saben definir como “el peor de los últimos 70 años” (vaya uno a saber quién hizo la cuenta), y vemos la ola polar del norte y los volcanes descubiertos en nuestro Sur.

Ahora esperamos que todo esto termine, para putear cuando llegue marzo y la mitad de las clases no comiencen y vos te preguntes: “¿Por qué los míos empiezan siempre a tiempo?”. Y por qué ya tengo que pagar el uniforme nuevo, claro. Esta, amigos, es la post fiesta. ¿Es la verdad? No lo sé.

Es mentira?

Lejos estoy para tanta fantasía.

Es lo que es.

¡Es el 31 y después!

¡El 31 y el más allá!

¡El 31 y la vuelta a trabajar!

Jajajajaja.

 

Fuente: Clarín.com

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