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Rolling Stones: cuando el contexto también es importante

 La visita de los Rolling Stones es un hecho que excede al mundo de la música. Su paso por el país salta de las páginas de espectáculos o los sitios especializados a las crónicas de información general, con móviles en vivo que reflejan el paso a paso de cada uno de los integrantes en la ciudad. Que si comen aquí o allá, que si ven tango, que si visitan a alguien. Como si se tratara de jefes de estado, su custodia les abre paso porque saben -sabemos todos- que cuando los Stones están en la Argentina las cosas no son como siempre.

La relación de la banda con el público local es algo que su propia crew tiene presente: varios miembros del staff técnico habían venido al país en las giras anteriores para comprobar que el fanatismo stone argentino es especial. Muchos recordaron ante algunos periodistas el último concierto de 2006 en el Monumental, donde la lluvia desbordó los cálculos y mojó gran parte de los instrumentos. Como si fuese una continuación, miraban el cielo de La Plata esperando que la tormenta afloje antes del show central.

Los Rolling Stones trajeron 80 técnicos y 150 invitados (casi nada comparado a las 500 personas que participaron de la gira de “A Bigger Bang”). Toda una ciudad se mueve debajo del escenario para satisfacer las demandas de un concierto con características de las grandes ligas del mundo del entretenimiento. Hay personal para cada uno de los detalles, pero en la previa se muestran entusiasmados con la producción local y bien dispuestos a compartir anécdotas y recuerdos. Todos les habían hablado a los nuevos del staff de los shows en Buenos Aires, como si se tratase de un hecho mitológico en la interna de la banda. No es algo que los argentinos preguntamos, sino que ellos quieren contar.

El escenario donde se monta la estructura es local, pero todas las luces y sonido viene en camiones -30 en total- que recorrerán gran parte de América Latina. No hay dos como ese: el que está en el Estadio Único es el que estuvo en Santiago de Chile y el que viajará a Montevideo la semana que viene. La pantalla de enormes dimensiones es una de las joyas del show, que, decorada, permite a la multitud seguir de cerca a los músicos. Todo está muy calculado: por caso Keith Richards viaja con 75 guitarras, todas seteadas para cada una de las canciones ensayadas para esta gira. Cada uno cuenta con un asistente personal en escena que está atento a los requerimientos durante las dos horas de concierto. Jagger se ocupó de practicar su español antes .

La cultura stone, si existe, no es más que el fruto de la reinvención de lo que los argentinos tomamos de la música y la estética de la banda. Aunque probablemente se parezca poco y nada, es el reflejo de lo fuerte que pegó ese mensaje en la idiosincrasia local. Desde muy temprano miles de personas esperaban en la puerta del estadio para poder entrar y para cuando subió La Beriso, tres horas antes del horario de los Stones, el estadio estaba casi lleno. Ellos y Ciro lograron calentar el ambiente, motivar a la gente, amenizar la espera. A fuerza de hits locales y aún bajo la lluvia nadie quiso perderse nada. La comunión entre todos fue evidente aún detrás de escena: la banda de Rolo, por ejemplo, dispuso de parte de la técnica de los Stones para mostrarse en La Plata. Más allá de las dimensiones de unos y otros, todos pueden compartir sus equipos si es necesario.

Antes de empezar a celebrar los 50 años de carrera, los Rolling Stones estuvieron 5 años prácticamente sin tocar. Luego iniciaron un par de giras hasta llegar a ésta que los trae por América Latina y que les exige estar dos meses en la ruta. Llevabn 81 shows de ésta nueva etapa. La banda toca cada dos días, lo que obliga a ordenar la logística de una manera poco habitual para un grupo de estas dimensiones.

Ver a los Rolling Stones es algo que vale la pena vivir. No se trata solamente de rock and roll, sino de mucho más: de un mundo especial, de una historia. Cuando Mick Jagger se mueve y baila sobre la pasarela que llega al centro del campo de juego no es un imitador. Es, tal vez, el inventor del trabajo de estrella de rock. Él lo ejecuta y pone la vara bien alta, dejando en evidencia a todos los demás. En Argentina tiene el sabor de ver miles de caras felices, sus ojos brillantes, su manera de cantar con fonética y la sensación de que el show es arriba y abajo, y que la comunión es total, como sólo lo puede lograr la música universal.

por Sebastián Grandi (@sebasgrandi)

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