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¿Qué pasará con La Perla del Once?

Primero fue punto de encuentro de jóvenes intelectuales que solían debatir sobre metafísica y filosofía (entre ellos, Jorge Luis Borges). También supo pasar tiempo allí Julio Cortázar. Pero La Perla del Once se volvió un lugar mítico a fines de la década del sesenta, cuando incipientes rockeros (bautizados “náufragos”) se juntaban para crear, inconscientemente, lo que más tarde se conocería como rock nacional. La historia es conocida: en su baño, allá por 1967, José Alberto Iglesias Correa (Tanguito o Ramsés VII) y Litto Nebbia compusieron La balsa, o la canción que marcó el camino a seguir para darle una identidad argenta al rock.

A pesar de figurar como uno de los “atractivos” turísticos en la web oficial de la Ciudad de Buenos Aires, y de ser declarado “Sitio de Interés Cultural” en el año 1994, el pasado viernes trascendió la noticia que entristeció los corazones de los amantes del rock criollo, esos que entienden a la antigua confitería como un lugar sagrado, que supo ser frecuentado por los fundacionales Javier Martínez, Pajarito Zaguri, Moris y Miguel Abuelo, entre tantos otros: La Perla fue adquirida por La Americana, “la primer casa de empanadas de Buenos Aires” (dixit en www.pizzerialaamericana.com.ar). Lo que resulta llamativo es que la novedad del traspaso trascendió recién el último día en que abrió sus puertas al público. ¿Una estrategia para evadir el posible rechazo popular?

Volviendo a lo que respecta al gobierno porteño, el 04/06/1998 se publicó en el boletín oficial la promulgación de la Ley 35/98 (“Créase la Comisión de Protección de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires”); mientras que el 04/12/2003 fue el turno de la Ley 1227/03 (“Establésece el marco legal para la investigación, preservación, salvaguarda, protección, restauración, promoción, acrecentamiento y transmisión a las futuras generaciones del patrimonio cultural de la C.A.B.A.”). Así quedaban resguardados este tipo de bienes registrados en organismos del Gobierno de la Ciudad.

La Perla de Once se encuentra dentro del listado de “Bares notables”, pero ¿cuál es el beneficio de lograr dicha distinción? Se le reconoce el valor cultural por lo que ocurrió en el lugar, aunque esto no significa que tenga un valor patrimonial, es decir que carece de protección edilicia. En resumen, la norma no puede impedir cierres ni cambios de uso. Ante esto, intentamos establecer comunicación con algún representante de La Americana, para saber si La Perla será sólo una nueva sede de la cadena (desapareciendo, como ocurrió con otros tradicionales locales) o correrá la misma suerte que, por ejemplo, London City y Los 36 billares, bares cuyos nuevos propietarios respetaron la esencia (off the record, funcionarios se inclinan por esta última opción). Sin embargo, no se develó el dilema: su representante administrativo, Alejandro González, retomará funciones recién a fin de mes, por lo que seguirá siendo un misterio lo que pasará con La Perla como tal.

Si bien la fachada de la antigua confitería fue mutando con el correr de los años, hasta el viernes pasado todavía se respiraba rock en su interior: las paredes se encontraban decoradas con fotos de artistas fundacionales y plaquetas que recuerdan la importancia de lo que sucedió allí adentro. Incluso, cuando reabrió sus puertas, el histórico baterista Rodolfo García se encargó, por un tiempo, de programar recitales en la mítica esquina trazada por los cruces de las avenidas Rivadavia y Jujuy. Se había convertido en un lugar donde los fines de semana se podían ver shows en vivo, algo que ni siquiera ocurría en épocas donde, más bien, era un punto de encuentro de estudiantes y jóvenes noctámbulos.

El último en subir al escenario de La Perla fue Héctor Starc, violero de Aquelarre. “Se veía venir que algo iba a pasar”, recordó por la atmósfera que percibió el pasado 17 de diciembre ante la consulta de Esquina Rock. “No veo como algo muy redituable tener un lugar abierto con cocina toda la noche y un montón de mozos, rara vez se llenaba. Pero estaba lindo para tocar porque nosotros, los músicos viejos, no tenemos dónde tocar: todos los tipos que organizan ahora los festivales, jamás se acuerdan de invitar a los músicos grandes y no se dan cuenta de que todo esto existe porque hubo un montón de tipos que en los años sesenta nos rompimos el orto para que exista el rock nacional”, se lamentó el experimentado guitarrista. “El argentino no tiene respeto por nada ni por nadie, y mucho menos por la gente que hizo algo por la cultura nacional”, sentenció, dolido, Starc. “Era un lugar que te brindaba comodidades que otros no: una habitación para que vos te cambies, una cochera para meter tu auto, cosas raras en el ambiente musical, porque normalmente a los músicos, nos tratan como el orto. Realmente es una gran pena”, cerró su análisis.

Ya confirmada como nueva sede de La Americana, pero ante la incertidumbre de no saber si el local sufrirá algún cambio significativo, surgen varios interrogantes, entre ellos dos alarmantes: ¿se mantendrá todo aquello que resguarde parte de la mística de este “bar notable”? ¿Seguirá siendo un lugar donde se ofrezca un viaje en el tiempo hacia los inicios del rock argentino o, a partir de febrero, sólo se despacharán pizzas y empanadas? No sólo en la memoria debería perdurar un sitio de real interés cultural como La Perla del Once.

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