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Eruca Sativa en el Luna Park

El ascenso y presente de Eruca Sativa echa por tierra toda apreciación negativa sobre la actualidad del rock en Argentina. Lula Bertoldi (voz y guitarra), Brenda Martín (bajo y voz) y Gabriel Pedernera (batería, guitarra y voz) hacen pie en el crossover de los ’90 y dan un paso firme hacia una propuesta abierta, utilizando infinidad de guiños a otros estilos –buscando un sentido carácter local, ligado al folclore-; y más allá de gustos personales y cuestiones meramente subjetivas, hay que decir que la banda cordobesa está llevando una carrera digna de un plan maestro.

A diez años de su formación, los logros artísticos no ceden protagonismo en la historia del trío. Barro y Fauna, su cuarto disco de estudio de 2016 -premiado por tres en los últimos Premios Gardel- es evidencia de esta evolución. Con la fuerza que genera un claro momento de gracia en cuanto a lo compositivo y espiritual, Eruca Sativa llegó a su segundo Luna Park.

¡Al gran rock argentino, (buena) salud

La noche del jueves, una numerosa multitud de “sativos” animaba la fiesta aún antes de que la banda saliera a escena; los fans sentían este nuevo show en el Luna Park como un triunfo personal. Tiene lógica: Eruca Sativa se encumbra como uno de los referentes de una escena que toca puntos distantes del panorama musical nacional. Como prueba de esta afirmación basta con citar la conmovedora versión que hicieron de Haku Malvin: el visitante en la que el trío fue acompañado por un nutrido coro integrado por contemporáneos como Barbi Recanati (Utopians), Luciana Segovia (Cirse), Mariana Bianchini (Panza) o Luciano Farelli (Parteplaneta), entre otros.

Apenas pasadas las 21, se dio comienzo a Intropía, el track que da curso a Barro y Fauna con la banda tocando detrás de un gran telón blanco. Para el segundo tema, el nuevo clásico Armas gemelas, el telón ya era historia y la liturgia se volvía salvaje tanto arriba como abajo del escenario. El recorrido de climas y sensaciones a lo largo del show es ecléctico y variopinto, lo que deriva en un concierto de dinámica incontestable.

El grupo en vivo hizo todo bien: manejaron atmósferas con maestría, desde lo más sentimental y contemplativo (Sin la red, junto al ingeniero de sonido Aníbal Kerpel, Pulso) a los momentos más power-funk donde retoman la tradición argentina de tríos como Divididos o el primer A.N.I.M.A.L. (El balcón, Magoo, El genio de la nada). Pero la gran diferencia surge cuando demuestran ser un grupo valiente en cuanto a la transformación de sus canciones en el escenario. En esto tiene que ver el aporte de Nicolás Sorín de Octafonic y Sorín Octeto, quien suma su vuelo creativo en varias partes del show.

¡Al gran rock argentino, (buena) salud

Hubo picos de intensidad para todos los gustos. Los fans de la primera hora festejaron el paso por el escenario de Marilina Bertoldi en Lo que no ves, no es. Los más veteranos –o quizá los padres de la actual generación de fans de la banda- habrán sentido el mimo que fue la invitación a David Lebón a quien Lula presentó como “la persona que nos cambió la forma de hacer música”. Lebón dejó su sello de autoridad en dos versiones de Serú Girán, Noche de perros y la ultra coreada Seminare, donde el bajista invitado Juan Pablo Rufino se destacó en las líneas que originalmente creó Pedro Aznar.

La participación en escena de Abel Pintos fue otro de los momentos altos de la noche. Juntos interpretaron Somos polvo, también parte de Barro y Fauna, y Amor ausente en la que Bertoldi y Pintos se batieron en un duelo vocal virtuoso y electrizante.

Luego de una parte final a todo volumen con Agujas, Queloquepasa y el corte Nada salvaje, el grupo se reunió con sus invitados en el centro del escenario y mientras saludaban al agradecido público, decidían dar una última versión de instrumentación minimalista -dos guitarras acústicas y un ukelele bajo- y emoción maximizada de Para que sigamos siendo, cerrando así un show que rozó la perfección durante más de dos horas.

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