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El Indio Solari cumple 71 años

Carlos Alberto Solari, uno de los iconos de la cultura popular argentina, nació el 17 de enero de 1949 en la ciudad de Paraná, Entre Ríos, y sus fanáticos lo celebran en redes sociales para convertirlo en tendencia.

Las últimas novedades del cantante tienen que ver con la apertura de sus redes sociales oficiales y el anuncio de una nueva fecha de su banda, Los fundamentalistas del Aire acondicionado, que tocarán el 7 de marzo en el estadio Malvinas Argentinas.

En “Recuerdo que mienten un poco” reconstruye su propia vida, desde el encuentro de sus padres, su niñez en Paraná al último disco que editó como solista.
Este es un fragmento de la charla que mantiene con Marcelo Figueras en su autobiografía oficial.

MF: ¿Qué sabés de la historia de amor de tus viejos?

IS: No mucho. Seguramente se conocieron bailando, como se usaba en la época. Según decían todos, tenían buena reputación en las pistas. Bailar era algo que se tomaban en serio.
Pero la familia postiza de mi vieja no veía con agrado a este empleaducho del Correo, que además era bastante mayor que ella. Pese a su falta de aprobación, el asunto siguió adelante. Y mi viejo progresaba. Cuando nací ya era jefe en Paraná. En esa época, ser jefe del Correo era como ser director de la sucursal del Banco Nación del pueblo. ¡Casi un cargo ministerial!

MF: Tenés un hermano bastante mayor que vos.

IS: Me lleva casi diez años. Somos dos personalidades totalmente opuestas. Uno fue militar, carrera completa: liceo, colegio, ejército… Y yo fui hippie. Se llama Jorge Antonio Omar. Y a mí me pusieron Carlos. Mi vieja mandó a mi viejo a registrarme. Ella quería ponerme Norman Alberto. ¡Lo habrá sacado de algún libro!

MF: El mismo libro que habrán leído los padres de Leonard Cohen, imagino. Porque a él le pusieron Leonard Norman Cohen.

IS: Mirá vos… ¡No sabía! Pero mi viejo, cuando llegó al Registro Civil, me puso Carlos Alberto. El muy turro le dijo todo que sí a mi vieja. No le discutió. ¡Y después hizo lo que quiso! Me lo imagino volviendo a casa, y al escuchar que mi vieja me llamaba por el nombre que había elegido, cortándole el mambo: No, Norman no: decile Carlitos.

MF: Viendo las fotos, queda claro que te parecés más a tu vieja.

IS:  Yo salí a los Choy. Mi hermano es más moreno y más alto, salió a mi viejo. La tez de mi viejo no era cetrina pero tampoco tan blanca como la de mi mamá, que era una leche. Mi viejo era descendiente de genoveses. Los italianos tienen un clima propicio para tostarse fácilmente, son pueblos que han sido cruzados por distintas turbas. Era un hombre muy serio pero no se daba cuenta. Mi vieja le preguntaba: ¿Te pasa algo? Y él: No, no, ¿por qué me decís? Yo pensé que estaba sonriendo.

Supongo que el tesón necesario para progresar en un ambiente de ese tipo, bien desde abajo, lo habrá obligado a vivir aprendiendo todo el tiempo. Por eso mascullaba constantemente. Manejar un distrito de correo no debía ser sopa. No era una tarea automatizada, como ahora.
A mí me tuvo cuando ya era grande, y más aún para los parámetros de aquella época: cuarenta y nueve pirulos.

MF: ¿Tenés algún recuerdo de tu viejo que sea particularmente vívido?

IS:  Después de almorzar, jugaba conmigo una partida de ajedrez. Todos los días. Por supuesto, me ganaba enseguida. Prendía una pipa y me hacía pelota, con los ojos cerrados. Era una especie de obligación, mi viejo no quería acostarse enseguida para hacer la siesta provinciana, por esas cosas de la digestión. Y yo quería rajar…

Era un tipo callado, pero cuando se encopetinaba le salía un humor bueno: en las fiestas familiares, por ejemplo.

MF:  Contame algo de tu experiencia en Paraná.

IS: Vivíamos en lo que había sido una de las casas de Urquiza: una manzana o una media manzana, que funcionaba como el correo e incluía la vivienda del jefe. Tengo el recuerdo de jugar en una terraza que era como un océano de baldosas rojas, donde cada tanto sobresalía una chimenea.

MF: ¿Cuál es tu primer recuerdo donde la música juega un rol importante?

IS: Me acuerdo de una asistente que se llamaba Nélida, hija de polacos, que cada tanto nos llevaba al campo. Su vieja hacía un strudel de manzana… Era chico, pero ya me daba cuenta que había cosas que estaban bien y otras que estaban más o menos.

Frente al correo estaba la plaza principal, que tenía una pérgola donde tocaban distintas bandas: la de la municipalidad, la de la Marina… Nélida me llevaba y yo me fascinaba con el brillo de los vientos. Los músicos de la Marina usaban polainas y yo las imitaba, subiéndome mis soquetitos blancos. Tendría 3 o 4 años.

Volvía a casa flotando en el aire, colocado como si hubiese salido de un recital. Mis viejos no eran melómanos pero ponían música clásica en la radio. Todavía tengo la cañita que usaba entonces como batuta. Me la devolvió mi vieja antes de morir. En aquel entonces me ponía encima de un papel de diario que oficiaba de escenario, delante de una radio vieja —esas que parecían catedrales de madera— y “dirigía” desde ahí.

Fuente: filo.news

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