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Charly García y su larga guerra interior: “La música es mi oxígeno”

Es la casa de siempre, pero es otra casa. Un departamento de paredes blancas, con el baño reciclado, el mobiliario sobrio, los pisos flotantes y un dormitorio que conserva el rastro de los años de pánico, locura y constant concept: la alfombra bordó, picada como el pellejo de un animal rapiñado por los buitres. La habitación, ese símbolo nacional con vista al Alto Palermo, es una zona mixta entre el pasado y el presente. Hay un televisor de mil pulgadas clavado en mute en el canal América, cajas de sonido apiladas en las mesas de luz, más elementos de audio sobre la colcha -un parlante Bang & Olufsen en forma de cilindro, el iPad mini en el que graba su música nueva, vinilos de Lennon y Bowie girando en una valija tocadiscos Crosley celeste-, y montones de artefactos en desuso almacenados en un placard sin puertas. Acostado en falsa escuadra, a los 66 años, con una remera negra de los Who y las secuelas de una fractura de cadera ya solidificada, Charly García contempla el espectáculo del mundo desde su lugar de siempre.

“Compuse mis últimos tres discos en esta cama”, dice Charly, con las heridas a la vista pero el ánimo bastante arriba. “Yendo de la cama a la cama.”

Cuando dice “mis últimos tres discos” se refiere al semimaldito Kill Gil (2010), a Random (2017) y a uno que todavía está en proceso, tentativamente titulado La torre de Tesla (el mismo nombre que le dio a su extraordinario show del 15 de febrero en el Teatro Coliseo), que por el momento se compone de siete archivos salvados en una carpeta de iTunes.

¿Cuál es la idea detrás de todo esto?

Tesla, la utopía, desconcertar.

¿En qué se va a diferenciar de Random?

A mí Random me va más para el corazón. Me parece un disco amoroso, bueno. Era un disco aleatorio, justamente. Éste quiero que sea riguroso. No sé por qué. Debe ser por eso de 2001, de que las máquinas dominan el mundo.

Para explicar menos y escuchar más, Charly conecta el iPad al parlante y hace sonar versiones regrabadas de “In the City that Never Sleeps” y “King Kong”, dos bellas canciones de Kill Gil con las que parece tener una fijación. En el Coliseo había dicho, antes de tocar esos temas, “esto lo grabé ayer”, y en su casa repite el comentario: “Ésta la grabe ayer”, “esta otra antes de ayer”. Puede ser un loop mental, o puede que esté buscando en estas canciones las pistas difusas para un rumbo nuevo (“así como la gente tiene sueños recurrentes, yo tengo melodías recurrentes”, le dijo a Rolling Stone hace veinte años), y por eso las va registrando una y otra vez.

“Es su manera de trabajar”, dice Tato Vega, un ultrafan convertido en asistente de tiempo completo y técnico de grabación en esta etapa de Charly. “Capaz que puede estar una semana grabando un mismo tema de los Beatles y después no lo vuelve a escuchar más. Busca inspiración en el trabajo.”

También busca inspiración en las películas de Stanley Kubrick y en toda la música que lo formó: además de los Beatles, recurre a los Byrds, The Who, Todd Rundgren… Esos nombres aparecen en la conversación a cada rato, en anécdotas sobre los encuentros que tuvo con ellos a través del tiempo y que lo hacen sentir parte de una aristocracia internacional del rock, sobreviviente de una casta mítica a punto de desaparecer. Evoca la zapada que compartió con Jim McGuinn, de los Byrds, cuando vino a la Argentina en 2011. Habla de su encuentro con Pete Townshend (“uno de mis ídolos máximos”) en La Plata: “Me dijo que a veces hay que aprender a morir, más que a vivir”. La vez que conoció a Rundgren (“mi versión de ‘Influencia’ le pareció muy moderna”) o cuando pasó a saludar a Ringo Starr en el Luna Park (“le di un poco de miedo”). También nombra a Andrew Loog Oldham, el legendario primer manager de los Rolling Stones, con el que mantiene una relación de años. “Me presentó a Tony Bennett. Yo estaba en un pasillo de un estudio, grabando ‘Happy and Real’ y Bennett me dijo: ‘Es el mejor tema de los últimos cinco años’. Y yo me morí.” Hay lugar para el resto de los Stones, obviamente: “A Mick Jagger le doy un poco de cosa. El fan mío es Keith Richards. ¿Será verdad que se esnifó al viejo?”.

Charly conecta ahora uno de sus teclados al iPad y, mientras toca, visualizamos los acordes en el simulador de la aplicación. De este lado, los dedos fenomenales del artista; en la pantalla, las teclas que cambian de color ante cada pulsación de las falanges más famosas del país.

No tiene teléfono celular, ni sabe cómo usar uno, pero García convirtió el iPad en su principal herramienta de producción. “No sé cómo hace, no sabe ni prenderlo, pero le saca más provecho que cualquiera de nosotros”, dice el Zorrito Von Quintiero, su actual codirector de banda. Charly señala la tablet y dice: “Si puedo tener un grabador de cinta mejor, pero esto es lo que pasa ahora. Es alucinante”.

¿Cómo funciona hoy tu proceso creativo?

Te lo voy a decir sin revelar demasiado, porque no quiero que se aviven todos. Generalmente dormido pienso algo, y después, no sé, me viene toda junta la canción, y veo qué le quiero poner. Por ejemplo, “Los dinosaurios”. Yo estaba acá en la cama y en el mueble había todas cosas chiquitas: tijeritas, muñequitos, y de ahí salió “Los dinosaurios”. Me saltó la térmica a lo que quiere decir el tema.

¿Cómo pasás de la idea en ese estado medio R.E.M. a la canción? ¿La grabás, la anotás?

Toco un riff, o unas notas, y después trato de buscarle el argumento. Combino ritmos, también. Por ejemplo: Ella es menor, él es normal… Ésa está en 7×4.

¿Qué hay en Tesla que te atrae tanto?

Fue el que inventó la corriente alterna, y también hizo una torre para hablar con los marcianos. Es sinónimo de utopía. El tipo soñaba algo y al otro día lo hacía. Y lo cagaron todos: Edison, las corporaciones…

¿Lo comparás con Lennon?

Bueno, Tesla era un utópico. Y Lennon también: puso “War is over” ahí, con un poder de síntesis… Con cinco palabras se hacía un temazo. Pero Tesla entendía de esas cosas, y el mundo de ahora es eso: los celulares y demás. Como Kubrick, que estaba dos cuadras adelantado. Lolita refleja una época: la señora que hacía de la mamá de Lolita es como mi vieja; y Dr. Strangelove refleja cuando yo era adolescente. Kubrick además llevó el hombre a la Luna. Los de la NASA andaban detrás de él después de Dr. Strangelove; veían que hacía iguales los comandos de la nave y se pusieron paranoicos de que supiera algo más, y entonces le propusieron hacer un alunizaje ficticio. Kubrick pidió a cambio una lente, una lente plana con la cual filmó Barry Lyndon. ¿Viste que parece todo una pintura en esa película?

Con esto de Kubrick, Tesla, Bowie, estás en un momento muy espacial, ¿o no?

Me gustan los inventores. Mi papá era ingeniero físico y químico, y tenía una fábrica de fórmica. El Faena está hecho sobre una construcción de mi viejo y… ¿De qué estábamos hablando? Tesla, Kubrick…

Sí, la ciencia ficción, la Guerra Fría.

Es que la Guerra Fría era raro, pero a la vez era normal: la gente miraba al cielo a ver si había algún platillo volador -que venía o de Marte o de Rusia-, hacían refugios atómicos, y me parece que se había perdido la religiosidad. Había una cosa más de que las máquinas hacían todo. Fijate la computadora de 2001: era gigante. Ahora son así chiquitas.

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