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Charly García: los lugares que marcó en Buenos Aires

Buenos Aires, ciudad frenética, cuna de grandes estrellas del rock latinoamericano. Sus exponentes han sabido leer sus calles y recovecos. La ciudad de noches que no se apagan, hábitat de generaciones combativas, de madres con brazos vacíos. Cerati la llamó Ciudad de la furia, pero Charly la absorbió: se convirtió en el eje entre el caos, la soledad y la ternura de una zona geográfica que le pertenece. Formuló un método para explicarlo, lo logró gracias a su oído absoluto. Quiso desafiar todos los límites: venció. Aprendió a ser revolucionario, controvertido, se convirtió en dinosaurio, en superhéroe, en superstar.

Caballito, la tierra natal

En el quinto piso de José María Moreno 63, vivió Charly García durante la primera etapa de su vida, junto a su madre Carmen Moreno y su padre Carlos García Lange. El núcleo familiar lo componían también sus tres hermanos menores: Enrique, Daniel y Carmen Inés García.

José María Moreno 63.

El lugar está en el barrio de Caballito, hacia el lado oeste de Buenos Aires, muy cerca de la estación de tren. La avenida tiene bastante movimiento y contaminación acústica, mucho tráfico y una cantidad de gente importante circulando por el sector. Hay restaurantes, kioskos, tiendas de ropa, zapatos y galerías que ofrecen todo tipo de productos. Definitivamente, el lugar donde Charly escuchó los primeros sonidos de su vida…

…un estruendo entorpece las primeras conclusiones. En la esquina de Rivadavia con Moreno hay un accidente: un auto pasa a llevar a una mujer que cruza la calle con un niño de la mano y un coche. La cara de la mujer sangra y el niño llora. Por suerte están ilesos, pero hay tensión, caos, ambulancias, sirenas, balizas, bocinas. Se agolpa la gente. Por los comentarios y gestos de las personas se ve que todos están molestos por lo que acaba de pasar.

Parada frente a la gran puerta del edificio donde vivió el padre del rock argentino y en el medio del caos, comenzaba la ruta por el mundo de Charly García.

La casa de la infancia de Charly.

Luego del accidente, una vecina abre la puerta principal del edificio. Es antiguo, la puerta enorme, de madera maciza y secciones en vidrio. En el interior, un pasillo oscuro lleva a las puertas de algunos departamentos. Los acabados son de madera y bronce, materias primas con los que construían en otras épocas.

Estando ahí, la primera imagen que se cruza es la de Charly pequeño, corriendo por los pasillos, riendo, jugando con sus hermanos, saliendo de compras con su mamá, entrando a su casa, tocando las teclas de su piano de juguete; que como cuenta la historia, fue el que puso en evidencia los talentos musicales del pequeño niño prodigio. Acto seguido, lo llevan al departamento de vecinos que viven en el sexto piso y que tienen un piano: Carlitos, de cuatro años, tiene oído absoluto. Comienzan a escribirse las primeras notas de la partitura de su vida.

Recuerdos en calle Gregoria Pérez.

El Borgward Isabella

Roberto Cerbo es coleccionista de antigüedades y vive en Villa Ortúzar, el mismo barrio que acogió de niño a Gustavo Cerati en Buenos Aires. Tiene un espacio habilitado en un garage en calle Gregoria Pérez, donde da vida a un lugar que exhibe reliquias, curiosidades y objetos que fueron utilizados entre los años 50s y 70s: planchas, botellas, relojes, letreros, juguetes, envases de productos y una interminable lista de recuerdos de épocas pasadas.

Pero Roberto además tiene autos, entre ellos, un Borgward Isabella del año 62, casualmente, el mismo que tuvo alguna vez el padre de Charly cuando éste era niño.

El Borgward Isabella de Roberto.

El auto es un sedán de dos puertas. Por fuera es gris y el techo luce un impecable color crema. El volante y el tablero son negros, mientras que el piso, de goma roja, sobresalta las características del auto y le da un toque elegante. Por su lado, las butacas están tapizadas en cuerina gris oscuro y en el parachoques lleva el rombo que caracteriza al Borgward Isabella, sello distintivo del modelo por excelencia.

Sentados en una mesa, en torno a un mate y galletitas en “La Gregoria” —como Roberto llama a su lugar— comienza a narrar su historia.

Se acercaba el cumpleaños 65 de Charly y la producción que trabaja con él, le organiza una fiesta sorpresa, que contempla la movilización del músico en un auto similar al que había tenido en su infancia. Ubicaron a Roberto para llevar “a un famoso”, desde su casa hasta Puerto Maderos: “Nunca imaginé que podía ser él. Siempre hubo hermetismo. Cuando me dicen ‘es para llevar a Charly García’, me sorprendí, dije ‘¡Wow ¡Charly García!’”.

“El acuerdo estipulaba que tenía que pasar por la casa de Charly a las 20:30 horas del día 22 de octubre del 2016 —la noche anterior al día de su cumpleaños— y llevarlo hasta el Hotel Faena. Un rato antes me paro en Coronel Díaz, donde vive, y le mando un mensaje a su manager. Me dice que íbamos a tener que esperar, porque hace poco lo habían operado de las caderas”. “En la calle había un montón de fans, mucha gente joven. Charly estaba contento con ellos, los miraba y saludaba. Los chicos se acercaban, le pedían fotos y trataban de pasarle cosas para que firmara”.

Charly en el Borgward Isabella.

Mientras condujo, Roberto pudo conversar un poco con Charly: “¿cómo era el Borgward de tu viejo?”. Le preguntó, orgulloso de tener el auto exacto en el que el argentino se movilizó durante sus primeros años de vida. Charly le cuenta: “Era un modelo 61, de techo negro y azul. En ese salíamos con mi mamá cuando la Avenida Gaona era de tierra”. Hoy —aclara el coleccionista— esa calle es una autopista.

Para el día que prestaría su servicio, Roberto preparó un pequeño presente para Charly: tenía un jockey de la agrupación de Borgwards, que pensó, sería el regalo ideal para la ocasión: “mirá, te tengo un regalo” le dijo, pero Charly bajó el vidrio e intentó tirarlo a la calle. El manager intervino ante la situación: “dejate de joder Charly, ¿cómo lo vas a tirar?”, rescata el jockey y le dice a Roberto que él lo guardará. En un momento del viaje, le preguntan si le gusta la avenida por donde van. Charly repara en que la construyó Macri, refunfuña y putea al líder argentino.

Cuando llegaron al hotel, entraron por la parte de atrás. Roberto concluye: “Lo vinieron a recibir con dos custodios. Estaba todo en penumbras, muy oscuro. La última imagen que recuerdo es cuando entró y pensé: ‘Llevé en mi auto al Dios del rock nacional.”

El taller de Omar.

El taller de Omar

Es una tarde de otoño, estoy en Fitz Roy 1245, Palermo. La puerta del Taller de Omar está cerrada. Una mujer y una niña esperan afuera, la pequeña va a clases de ballet. Tocan el timbre. Sale a recibir un encargado, deja abierto para que las otras alumnas puedan ingresar: el curso está por comenzar.

Cruzando el umbral de la puerta de entrada —que está pintada de rojo—, hay una segunda puerta en el interior, y luego, a la derecha, un pequeño café que recibe a los talleristas. El menú contempla variados tipos de café, y para comer, trozos de queque espolvoreados con azúcar flor. Llegan otras mamás junto a otras hijas, todas se sientan a esperar junto a las mesas que están al costado del bar.

Pero el lugar no siempre fue un centro cultural: entre los años 1989 y 2006 fue propiedad de Charly García, se ocupó como sala de ensayo, siendo bautizada por él como Dream Factory.

Sergio Marchi, periodista de música argentino, describe la casa en su libro No digas nada en época de plena vigencia: “Todo era diferente en 1993. En la sala de estar, los visitantes aguardaban el pasaporte que les permitiera ingresar al interior. Cecilia —que se iría poco después— y Laura —que aguantaría hasta 1995—, secretarias del artista, siempre estaban para recibir a la gente; eran como una aduana femenina y gentil que oficiaba de filtro para que García pudiera crear en paz. Se trataba de un lugar sobrio, con un touch de elegancia que se reflejaba en el marco y el vidrio que protegían el rostro de Miles Davis, fotografiado por Anton Corbijn. Los dos ambientes del frente eran sendas oficinas: la más chica estaba ocupada por Laura y Cecilia y la que daba a la calle, bastante amplia, era el despacho de Charly. En el fondo hay una pileta de natación. El lugar pide a gritos una mano de pintura. Arriba hay una habitación amplia y actualmente vacía que podría haber sido ocupada por Charly. Por lo menos, ésa fue una idea que corrió por un tiempo: que Charly viviera allí, en su sala de ensayo”.

Dante Lotito es el encargado del centro cultural desde el 2017. Cuenta que el dueño anterior, Omar Lotito, fue su tío: “Él era artista plástico y le compró la casa a Charly. Luego muere, quedamos los sobrinos a cargo y la transformamos en un centro cultural, por estar relacionada con la música, la pintura, el arte y la cultura”.

La piscina que aparece en Existir sin vos.

Toda coherencia tiene la visión de Dante y su familia, porque durante las casi dos décadas que Charly estuvo ahí, se gestaron grandes obras suyas: La hija de la lágrimaCómo conseguir chicasFilosofía barata y zapatos de goma y Say no more. Además, pasaron muchos músicos de las bandas que formaba o músicos con los que tocaba: Fito Páez, Mercedes Sosa, María Gabriela Epumer, Fernando Samalea, Andrés Calamaro. “La frase ‘la entrada es gratis y la salida vemos’ es de esta casa, porque entraban un viernes y salían el domingo recién. Estaban todo el fin de semana tocando’. Cuenta Dante con seguridad. Se nota que ha dedicado tiempo a investigar detalladamente el lugar donde levantó su centro cultural.

Mientras Lotito cuenta lo que sabe, no para de atender a las mamás que llegan con sus hijas a la clase. La profesora espera en el salón y algunas niñas comienzan a entrar. Las mesas donde las demás niñas juegan son en realidad las antiguas puertas de la casa y los cuadros que decoran el lugar fueron puertas de clósets, ambas intervenidas por la mano de Charly con grafitis. En lo alto de la habitación, descansan una serie de instrumentos rotos o pedazos de ellos, exhibidos como piezas de museo.

El taller.

En el acceso a la sala donde se dan las clases de ballet, cuelga en la pared parte de la escenografía que se usaba en los conciertos del álbum Say no more. “En los recitales de esa época estaban estos carteles, es de cartón, tienen humedad y paso del tiempo”, cuenta Dante, mientras explica que el rescate de los objetos fue una iniciativa de su familia. “Las cosas quedaron tiradas aquí. Mi tío, mi padre, mi hermana y yo, sabíamos de Charly, de su historia. Como fanáticos guardamos todo, y cuando abrimos el lugar, hace dos años, lo expusimos”, añade.

Al costado izquierdo, una puerta lleva al patio trasero, donde un pasillo largo conduce a una piscina. “He escuchado que la pileta la llenaban con la manguera de los bomberos, Charly les debe haber pasado algo de guita”. “Él se tiraba clavados desde el balconcito” cuenta Dante, haciendo imposible no asociar lo que dice con el mítico salto del noveno piso en el hotel de Mendoza.

La Factory Dream aparece además en el documental Existir sin vos: una noche con Charly García, de Alejandro Chomski, pieza audiovisual que registró durante seis meses los ensayos del álbum La hija de la lágrima en 1994, pero que aborda específicamente el proceso de creación y grabación de un tema que permaneció inédito: “Existir sin vos”.

En ese material quedaron registrados numerosos momentos vividos dentro de la casa: Charly dentro de la tina, María Gabriela Epumer leyendo un libro, el trabajo en equipo, Charly lanzándose a la piscina en bicicleta.

El libro 100 veces Charly de Fernando García (2016), recopila cien historias vinculadas al ícono del rock argentino. El testimonio número 50, lo cuenta Carlos Goldsack, asistente del manager de Charly durante esos años:

En la sala de Fitz Roy ensayaban Enanos Verdes, Calamaro, Fricción y también Charly con Las Ligas. ¡Era el paraíso de los dealers eso! Un día, Tom Lupo se apareció en un ensayo con un fan: fan de la radio y de García por supuesto. El pibe estaba en el aire. En el momento que se relajan, el pibe este se enciende un porro y le convida a Charly. Y Charly le dice: “¿Perdón? No me drogo con extraños”. Pobre pibe, esa carita no me la olvido más. Yo creo que si podía desaparecer, lo hacía. Se debe haber ido llorando de la sala.

Hoy, la realidad del espacio es distinta: hay niños, madres, cafés y queques espolvoreados con azúcar. Todo gira en torno a los talleres de teatro infantil, a las clases de milonga los domingos, a las exposiciones de cine, a las tocatas, a los talleres de fotografía y diseño.

Pero no deja de ser paradójica la escena: el mismo lugar donde —de seguro— se vivieron todas las posibilidades que permite el dinero y el desenfreno —gracias a que conocemos la forma de vida que adoptó Charly en esos años— en paralelo a una de las etapas más productivas de su discografía, hoy recibe a pequeñas aspirantes de bailarinas de ballet, que circulan por la casa donde alguna vez ardió el Rock & Roll en su máxima expresión, guardando historias que sus paredes nunca revelarán.

Coronel Díaz y Santa Fe: su casa hace 4 décadas

Charly García vive hoy en Coronel Díaz con Santa Fe, en el barrio de Palermo, Buenos Aires. Desde su llegada, la esquina se convirtió en un lugar icónico, por las múltiples situaciones vividas dentro y fuera del edificio durante los últimos 38 años. Entrevistas, música, creación, risas, peleas y excesos. Recordados son los golpes que le dio a un periodista fuera del edificio, o su mismo departamento lleno de grafitis ocupado como escenario perfecto para entrevistarlo, como también los hechos de violencia que vivió con su hijo Migue, que vive en el quinto piso.

Coronel Díaz.

El edificio es antiguo y está en plena esquina de dos avenidas muy transitadas. Abajo, en la calle, una vendedora ambulante de chocolates no sabe que Charly vive ahí. Al decirle no se sorprende demasiado.

Aunque en los últimos años se ha quedado por algunos periodos en la “quinta” del cantante de la Nueva Ola argentina, Palito Ortega —que apoyó a Charly en su proceso de rehabilitación, ofreciéndole su casa, que se convirtió en su centro de desintoxicación y hogar, mientras su departamento de Coronel Díaz era restaurado para recibirlo en su nueva vida, lejos del alcohol y las drogas—, el lugar ha sido durante todos estos años el refugio del músico, y se ha adaptado a sus diferentes etapas.

El ingreso al edificio comienza con una puerta de vidrio con rejas, que si se mira con detención contiene algunos manuscritos dirigidos a Charly, incluyendo las paredes que dan a la calle: “Te amo Charly”, “SNM”, son leyendas que se repiten algo borrosas y recuerdan la devoción hacia uno de los primeros rockstar de Latinoamérica.

Fruto de la rentable primera incursión empresarial del músico —que había formado la productora SG Discos en 1980— fue posible que comprara a mediados de ese año un departamento en el séptimo piso de la calle Coronel Díaz 1905. “‘Nunca tuvimos tanta guita como ahora, porque nadie tiene interés en vos como vos mismo’ le explicaba a los periodistas de la revista Expreso Imaginario que consignaban que estaban en la flamante casa de la Familia García”, cita el periodista argentino Roque Di Pietro en su libro Esta noche toca Charly, (2017) refiriéndose a lo llamativo que fue para la opinión pública la adquisición inmobiliaria del músico en esa época.

En su libro, Di Pietro incorpora menciones de figuras del rock argentino respecto a esa casa: “El panorama del nuevo rock argentino era una cosa muy burbujeante. Se pasaba del rock de los sótanos a un rock donde había libertad, glamour y guita. La casa de Charly era muy moderna y distinta de las que yo conocía de los músicos argentinos. El resto vivía en casas más convencionales, de barrio. Charly era diferente hasta en eso”, dice el músico y periodista argentino Claudio Kleiman en el libro.

En 1984, Charly forma un dúo con Luis Alberto Spinetta, y a mediados de 1985 se presentan en televisión para dar a conocer “Rezo por vos”, su primer trabajo en conjunto.

La canción dice en un momento “¡Y quemé las cortinas y me encendí de amor!”. Paradójicamente, mientras estaban al aire, a Charly le informan que su departamento se incendiaba, producto de un cortocircuito en el equipo VHS donde había dejado grabando el programa.

En un video hecho para el programa N Milímetros la conductora chilena Cecilia Amenábar —entonces mujer de Gustavo Cerati— visitó la casa del músico para conocer algunos trucos que García hacía con las fotos de su cámara polaroid.

En el recorrido que hace la cámara, se puede ver el acceso e interior del departamento en esos años, incluyendo la vista del balcón y sus clásicos grafitis que estaban por todos lados del departamento.

El departamento de Coronel Díaz y Santa Fe ha sido testigo del paso del tiempo y de los cambios que ha experimentado el lugar en completa comunión con los giros en la vida de Charly. Hoy se puede ver el interior del lugar en el documental Bios de NatGeo, donde, entrevistado por la cantante mexicana Julieta Venegas, Charly luce paredes blancas y una atmósfera calma, aunque se divisa su piano lleno de pintura, recuerdo de sus años de distorsión y máxima creatividad.

Sergio Marchi dice en su libro No digas nada: “Es prácticamente imposible que se decida a abandonar su departamento de Coronel Díaz y Santa Fe: ‘me gusta el ruido y tener el shopping enfrente’, diría a quien le propusiera mudarse. De tanto vivir en esa esquina, llegó a la conclusión de que el 80% de las bocinas están afinadas en sí”.

Efectivamente, ha sido tanto el tiempo que Charly ha vivido en ese lugar, que hace unos años un grupo hizo una campaña en Facebook para cambiar el nombre de la avenida por el del músico.

Es septiembre del 2019. La calle está agitada, por las grandes avenidas del sector circulan autos, motos, taxis, Uber, micros, bicicletas. La gente camina por todas partes y hacia todos lados. El comercio está activo, los restaurantes y cafés aledaños reciben comensales.

Es un hecho: el departamento de Coronel Díaz se conecta con el comienzo, con su casa en calle José María Moreno en Caballito. Probablemente hubo una búsqueda —inconsciente o no— al escoger este lugar para vivir: en altura, en un edificio antiguo, en un barrio concurrido, lleno de bocinas y acción por donde se mire. Todo esto es —probablemente— parte del magma de la identidad de Charly, son los atributos de espacio y lugar que necesitaba para vivir como genio contemporáneo, y quizás, para salvarse de su propio caos, donde la soledad aúlla entre los pasos de la gente y no se escucha entre las bocinas afinadas en sí.

Fuente: culto.latercera.com

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