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Matías Forci: “Hoy me inspira el presente en su estado más crudo”

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NOTICIAS 2026-01-07 17:09:49

El artista sobreviviente de la tragedia de Cromañón presenta “Extraño”, su nuevo single junto a Javier Calamaro. Un homenaje íntimo al recuerdo y lo que permanece.

Matías Forci (Buenos Aires, 1988) es músico, compositor y guitarrista. Sobreviviente directo de la tragedia de Cromañón a sus 16 años, se encontraba en el primer piso del local junto a su madre. Aquella noche perdió a una amiga cercana y compañera de la Escuela de Bellas Artes.

Actualmente, lanza “Extraño”, una canción interpretada junto a Javier Calamaro. Lejos del golpe bajo o la consigna explícita, la canción propone un espacio de memoria desde lo sensible: una obra que transforma el trauma en lenguaje artístico y el dolor en expresión consciente.

¿En qué momento te encuentra este lanzamiento?

Este lanzamiento me encuentra en un punto de mucha lucidez, no de comodidad, sino de verdad. Vengo de atravesar procesos intensos, de esos que te desgastan, te dejan marcas y te obligan a mirarte de frente, incluso en las partes que uno suele esconder, y hoy siento que estoy parado en un lugar más honesto conmigo mismo.
No es una obra que nazca del apuro, ni de la necesidad de mostrarse, sino de haber atravesado el silencio previo. Ese silencio incómodo y áspero, que nadie quiere habitar. Cuando uno deja de correr detrás de las cosas, y se permite quedarse quieto, algo adentro se acomoda; y, a veces, recién ahí, las cosas empiezan a venir solas.
Este lanzamiento aparece en ese punto: como una consecuencia vital, no como un intento.

¿Cómo se dio la colaboración con Javier Calamaro?

La colaboración con Javier Calamaro se dio de una manera natural, casi inevitable. No nació desde una idea de conveniencia ni desde el cálculo, sino desde una afinidad más profunda, de esas que no necesitan demasiadas explicaciones.
Desde el primer intercambio hubo una química inmediata, una sensación de estar hablando el mismo idioma, sin necesidad de traducir nada.
Cuando compuse la canción, sentí que pedía otra voz, pero no cualquiera: tenía que ser alguien que supiera habitar el clima y el espíritu del tema. Con el correr del proceso se volvió evidente que era la voz indicada, la mejor que podía desear para ésta canción, como si el tema hubiese estado esperando ese encuentro desde su origen.
Javier entendió eso desde el primer momento. Se acercó con una humildad y una predisposición que me sorprendieron gratamente, sin imponer nada, con una escucha muy abierta.
No vino a “sumarse”: vino a dialogar con la canción. Y cuando eso pasa, la colaboración deja de ser un gesto y se vuelve parte de la identidad del tema.

¿Por qué elegiste Estudio Panda para materializarla?

Necesitaba un lugar que no interfiriera con la canción, ni la empujara a ser otra cosa. Panda tiene algo muy valioso: sabe acompañar sin invadir. Es un estudio con más de cuatro décadas de historia, un recorrido que excede el lugar y dialoga de igual a igual con los estándares internacionales.
Desde el inicio tenía claro que quería grabar de la forma más analógica posible, apoyándome en equipos con carácter: válvulas reales, micrófonos boutique, delays a cinta.
Este tipo de herramientas, que no corrigen sino que revelan, hoy no están en cualquier lado, y en Panda forman parte de una tradición viva. Además, es un espacio con un oído entrenado por años de grandes producciones, ingenieros experimentados y una forma de trabajar que entiende tanto la emoción como el destino final de la música: ya sea vinilo, plataformas digitales, radio o cine.
No es casual que de ahí hayan salido tantos discos y canciones que forman parte de mi propia educación musical. Por eso digo, más que un estudio, fue un aliado silencioso en el proceso.

¿Cómo viviste el proceso creativo?

Viví el proceso creativo como una zona de riesgo real. Fue un territorio inestable, de escucha permanente, donde muchas veces tuve que aceptar no tener el control.
Hubo momentos de claridad intensa y otros de duda profunda, incluso de erosión interna, pero entendí que esa fricción también es parte del trabajo. Cuando uno se apura por cerrar algo, suele tapar lo que todavía está vivo.
En este caso, preferí quedarme un poco más en esa incomodidad, sostener la tensión, dejar que las canciones marcaran el rumbo, incluso cuando eso implicaba soltar certezas propias. El proceso fue así: menos voluntad de dominar y más disposición a atravesar lo que estaba pasando, aunque no siempre fuera amable.

¿Qué sensaciones te trajo escucharla terminada?

Escucharla terminada fue una mezcla difícil de explicar. No fue euforia ni alivio inmediato, fue más bien una sensación de quietud profunda, como cuando algo finalmente encuentra su forma.
Sentí que la canción ya no me pertenecía del todo, que había dicho lo que tenía que decir y ahora podía empezar otro recorrido, lejos de mí. Aun así, me encontré volviendo a ella una y otra vez, escuchándola todos los días, casi de manera obsesiva, como si todavía estuviera revelándome algo nuevo en cada reproducción.
Al mismo tiempo, hubo una confirmación íntima, no ruidosa. La certeza de que no traicioné el impulso inicial, de que llegó hasta donde podía llegar sin ser forzada. Y cuando eso pasa, uno puede soltar tranquilo.

¿Qué postura tenés hoy sobre la tragedia de Cromañón y las responsabilidades políticas y sociales?

Hay hechos que no admiten atajos discursivos. Cromañón es uno de ellos. Yo hablo desde un lugar que no es teórico ni ajeno: soy sobreviviente. Estuve ahí, y hubo personas muy queridas que no volvieron. Además, durante años compartí escenario, música y vida con los integrantes de la banda que tocó esa noche. Esa doble condición no da certezas, da preguntas. Y obliga a hablar con cuidado, con pudor y con verdad.
Lo que ocurrió en República Cromañón no fue algo inesperado, ni aislado. Fue la consecuencia de un entramado de fallas que venían de lejos: un Estado ausente, controles inexistentes, lógicas empresariales irresponsables y una cultura que durante demasiado tiempo convivió con el riesgo como si fuera parte del folklore. Cuando todo eso se superpone, la tragedia deja de ser un accidente y se vuelve inevitable.
Pero Cromañón no fue solo un hecho: fue una herida colectiva. Marcó a una generación entera, la mía. A una forma de vivir el rock, de encontrarse, de sentir que ese espacio era un refugio. Después de eso, nada volvió a ser igual. Hay un antes y un después que todavía se siente en la vida cotidiana, la manera en que nos reunimos, cómo miramos esos lugares y en la memoria compartida de lo que pasó.

¿Qué te inspira a componer en el presente? ¿Tratás otros temas sociales dentro de tus canciones? 

Hoy me inspira el presente en su estado más crudo. No escribo desde la consigna ni desde la bajada de línea, sino desde lo que se filtra en la vida cotidiana: el cansancio, la incertidumbre, la fragilidad de los vínculos, la sensación de estar siempre al borde de algo.
Los temas sociales aparecen, pero no de manera explícita ni discursiva. Me interesa más hablar de cómo esos conflictos impactan puertas adentro, en lo íntimo y emocional. Ahí es donde siento que la música puede decir algo verdadero, sin subrayar.
Me paro desde un lugar claro: soy artista, no activista. Mi forma de intervenir es a través de las canciones, de las preguntas que dejan abiertas, no de los slogans. Compongo desde la observación y experiencia, sin buscar dar respuestas cerradas ni señalar culpables.
Si una canción logra incomodar un poco y, al mismo tiempo, acompañar a quien escucha, ya está cumpliendo una función social sin necesidad de nombrarla como tal.

¿Cuáles son los objetivos para el 2026?

El 2026 lo pienso como un año de consolidación y de movimiento consciente. Primero, dejar que «Extraño» termine de desplegarse como obra: el estreno del videoclip, el recorrido natural de la canción y el tiempo necesario para que encuentre su lugar en quien la escucha.
Después vendrán dos canciones más que completan un mismo clima y pulso, que terminarán de darle forma a un EP concebido como un cuerpo único, con una narrativa propia y un sentido claro.
También está en el horizonte la presentación en Capital Federal y una gira por el interior del país, llevando este material al encuentro con la gente, que es donde la música deja de ser idea y se vuelve experiencia compartida. Vamos a contar con músicos invitados y nuevas colaboraciones de manera orgánica, como parte de un intercambio artístico y humano que enriquece el viaje.  
Más allá de los formatos y los planes, mi objetivo para el 2026 es sostener una obra con identidad. Seguir creciendo sin perder profundidad y construir un recorrido que tenga peso en el tiempo. Que cada paso sea consecuencia del anterior, y que la música marque el rumbo.

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